No hace mucho tuve una conversación con un filósofo amigo. Comentaba -el filósofo- refiriéndose al arte actual de las islas, la enorme fragmentación de la imagen que se maneja por los artistas en edad de merecer.

 

Mosaicos interminables de imágenes a lo digital en un afán de arropamieno agorafóbico. Cada una de estas teselas deberían por sí mismas de funcionar aisladamente y la suma de ellas desembocar en el todo por las partes.

 

Bueno, esto es tan discutible como lo contrario. Es cierto que, a nivel personal puedo entender lo del recreo en el detalle. Cómodo, placentero y sobre todo agradecido. Un antiguo maestro mío de juventud se refería a la pintura hiperrealista como "pintura de culo", no porque se pintara con él, sino porque todo era cuestión de mucho culo para aguantar sentado tantas horas recreándose en la suerte.

 

Cristina Déniz es joven, y ahí se acaban sus defectos. Sus imágenes, fotografías, esculturas, parten de la intimidad de lo cercano. Las distancias cortas de las conversacion susurradas. Ella te habla con voz bajita, sin gestos ni aspavientos, obligándote a un esfuerzo por entender el difícil equilibrio que consigue decir poco para transmitir mucho. Y este esfuerzo necesario es lo que suma en el espectador. ¿Qué otro sentido tiene?

Juan Carlos Albadalejo González.

Catedrático de Escultura de la Unversidad de La Laguna.